Cine

Sword of the Stranger

Esta reseña contiene pequeños spoilers que no arruinan el visionado de la película. Pero si no la has visto y tienes intención de ir virgen, deja de leer al 5º párrafo.

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Hay algo en el Japón, con mayúsculas, que me seduce y repele con la misma intensidad. Su cultura milenaria y única a causa del aislamiento, su estética, su vasta mitología, su amor por la naturaleza, su sensibilidad, todo tiene un cierto aire exótico, tan lejano que parece mas un universo de ficción exquisitamente diseñado que un archipielago real. Claro que no es una cultura perfecta, ni mucho menos, todas tienen sus luces y sus sombras, sus pensamientos retrógrados y sus tradiciones que, a falta de una palabra mas suave, podríamos tildar sencillamente de imbéciles. Pero no es eso lo que me causa rechazo, mas bien es la cultura del Japón actual, del Japón tecnológico, glam y otaku lo que sacude hasta mis higadillos. La raruna idiosincrasia nipona del siglo XXI tan característica, nacida del anime shonen -adolescente-, ha seducido sobre todo al publico adolescente o “jóvenes adultos”, nueva franja de edad que pienso debe estar compuesta por universitarios que al igual que a mi aterran las declaraciones de la renta y las letras del coche; otakus, al fin y al cabo, fascinados por la cursileria, la excentricidad, la purpurina, la moralina barata, los sermones de la amistad, y las tetas. Ese estereotipo del Japón friki que con tanta fuerza abrazan y aman nunca ha conseguido atraerme, ni siquiera en la época en que veía anime en mi mas granulosa adolescencia me sentí lo suficientemente fascinado como para ponerme la etiqueta de otaku. Y eso que yo crecí con Dragon Ball o los Caballeros del Zodiaco – de ahí mi exuberante melena setentera-. Apaciguado mi espíritu -y alimentado a mi ego snobs-, os explicare el porqué de este interminable prologo. Si hay algo que me gusta del Japón, y sobre todo del Japón feudal, son los samurais… así que hoy tampoco toca un descuartizamiento.

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Bajad las antorchas, aficionados al anime, hoy prometo portarme bien 

Esta es la historia de Kotaru, un niño huérfano que escapa junto a su perro, Tobimaru, de unos misteriosos soldados del imperador Ming -chinos, vaya- que quieren capturarlo para poner en marcha un ritual ancestral que otorga la inmortalidad. En su huida encuentra a un ronin, un samurai vagabundo sin nombre, que le ayudará a enfrentarse a sus perseguidores gracias a su habilidad con la espada.

Tal vez se intuya ya con la sinopsis, pero esta no es una de esas películas que destaquen por la brillantez y complejidad de su trama. Ni falta que le hace. Nos encontramos ante una cinta sin pretensiones mas allá de la de ofrecer un buen entretenimiento, añadirle una historia compleja, mensajes forzados o segundas lecturas estaría fuera de lugar, solo la lastraría. Swords of Stranger es una refinada obra de acción, y una muestra del potencial de la animación a la hora de plasmarla, utilizando los mejores recursos a su disposición. No hay más que ver la escena inicial, una escaramuza entre los soldados Ming, verdaderas bestias pardas que a lo largo de la película dejan a los japoneses feudales como unos mamoncetes con cuchillitos, y unos bandidos histriónicos, para quedarse enganchado por la velocidad y la fluidez de los movimientos, la violencia de los golpes, los cortes y las estocadas, un frenetismo que hace que los cuerpos se deformen y vibren a cada ataque en coreografías imposibles, impactantes por su fuerza y agilidad. Esta es una cualidad de la que hasta el peor de los shonen gozan, lo impresionante de sus combates y batallas. Sin embargo, la mayor de las veces, en el shonen esas coreografías acaban siempre derivando en combates anodinos basados en miradas interminables, medir al oponente, monólogos internos o soliloquios, y un punto y final que lo pone siempre el contrincante que lanza el golpe mas fuerte o esa conveniente habilidad recién descubierta. Esta filosofía de la espectacularidad parlante no existe en la película, tal vez porque estamos ante unos espadachines realistas pese a lo exagerado de sus habilidades; aquí no hay ataques con nombres propios ni poderes ocultos a descubrir, aquí los personajes se atacan con todo lo que tienen, con movimientos rápidos y agresivos, en un tour de force que termina con uno de los dos muertos, y creedme cuando os digo que esto es mucho más espectacular que un monologo entre estocada y estocada. Sobre todo al final, cuando los personajes sacan a relucir todas sus cualidades e instinto guerrero.

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A-C-O-J-O-N-A-N-T-E

Al igual que la trama, los personajes tampoco son un prodigio en lo que a construcción de personajes se refiere. No me malinterpretéis, no son personajes mal escritos, cada uno tiene una identidad solida y reconocible, pero dada la duración de la cinta y la falta de pretensiones del argumento, no existe un verdadero desarrollo de personajes. Ademas, muchos de ellos -me imagino, también, que por las limitaciones de tiempo-, terminan por plasmar su identidad, bastante cliché en alguno de los villanos, en pequeñas conversaciones que son más exposición simplona que un verdadero dialogo entre personajes. Y no es este un recurso aislado, pasa con todos los personajes secundarios, e incluso se utiliza para explicar los pocos puntos importantes de la trama, dando lugar a un guion excesivamente artificial -hay una escena inicial en que esto se aprecia claramente, en una conversación entre dos soldados anónimos, tramposísima-; los únicos exentos de este problema son el samurai y el niño. Vamos a centrarnos en estos dos personajes por separado.

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K toy mu loko, tu, premo. K te pinxo

He visto esta película dos veces, la segunda hace poco tiempo y acompañado, y me sorprendió comprobar que, aproximadamente los 20 minutos de metraje, una voz apareciera de fondo diciendo: el niño me esta pareciendo un coñazo, que ganas de ahostiarlo. Más que por la rudeza, aquella explosión de amor maternal me sorprendió porque en ningún momento, ni la primera vez que la vi, me pareció que el niño fuera insoportable. Es algo que ido comprobando en las películas, salvo con Babadook, pocas veces un niño me ha parecido insoportable, precisamente me desagradan cuando no me los creo. Intentadlo ¿Habeis convivido alguna vez con un crio? Seguro que si. Normalmente suelen ser insoportables o un encanto, pocas veces se posicionan en el termino medio; en las películas ocurre exactamente lo mismo, un niño debe ser voluble, caprichoso, irresponsable e inmaduro, para algo es un niño, y es por ello que más de una vez se nos atragantan en una película. ¿O acaso no es abofeteable el gordo de Los Goonies? ¿O el gordo de Super 8? ¿O Christian Bale en El Imperio del Sol? ¿O May en Mi Vecino Totoro? Si no fueran tan abofeteables como entrañables no serian niños, serian autómatas con voz de treintañero, como esa abyecto Jesucristo Jr. de nombre Charlie de aquel remake de mi siempre odiado Tim Burton. Volviendo al tema, Tobimaru es lo mismo, es un niño fugitivo, con todos sus defectos y sus virtudes: es desconfiado, criticón, curioso y valiente, y adora a su perrete. Cualidades o defectos que dependiendo de la escena te hacen desear que lo degüellen los chinorris y se lo coman con salsa agridulce o suspirar un tierno “oiiiiiiiis”, que kawaii-desunee -me quiero morir, joder…-.

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Efectivamente… el perrete es un doge muy mono

Con Sin Nombre si que hay un verdadero problema, y tal vez a quien le guste el anime que voy a mencionar le haga arquear una ceja, escéptico. Pero como no es mi caso en ningún momento supuso un defecto. Sin Nombre es Kenshin de Rurouni Kenshin, ea, ya lo he dicho. Ya no solo por ciertos paralelismos en lo físico, si no por compartir el mismo pasado en el campo de batalla que les llevo a tomar la vía pacifista. Claramente, esto es una falta de imaginación que no se puede pasar por alto; eso, o que existe un cliché del samurai pacifista que en mi ignorancia he tomado como algo excepcional. Y sin embargo, prefiero mucho más al contenido y misterioso Sin Nombre que al panfilo de Kenshin, cuyo filtro shonen hace pasar de un buenazo tontolaba a un terminator hippie en lo que tarda en aparecer el malo de turno. También el hecho de que Sin Nombre no haga referencia constante a su juramento de “no usar la espada” -matiz MUY importante- convierte su predecible “sacrificio” final en algo realmente significativo. Pero confieso que estas son apreciaciones subjetivas mías. Y que no me gusto nada Ruroini Kenshin.

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Esto no lo hace Kenshin ¿A QUE NO?

Poco mas se puede extraer de Sword of a Stranger sin volver a los mismos temas. Podría comentar algo de la música, pero es la típica que oiríais en una película de samurais, una mezcla entre fanfarria épica y flauta tradicional japonesa que ambienta muy bien y dotan a las peleas de una mayor fuerza de dramática. De la fiereza se encarga la animación. Y que animación, Dios mio, da gusto ver como cada año se superan más y más y preguntarse que será lo siguiente. Casi diría que solo la animación justificaría su visionado, pero sería quitarle muchas de las virtudes de que goza la película: divertida de principio a fin, personajes sencillos pero entrañables, espectaculares coreografías y secuencias de acción… Si os gusta el anime, os debéis ver esta película, porque no va a decepcionar a ninguno; y si, como yo, amáis series como Samurai Champloo… ¿Que coño hacéis aquí aun?

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¡¡HUMO!!

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