Relatos

La Casa junto al Mar

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James Mcneill Whistler – Trafalgar Square, Chelsea, Snow (1875)

Desconozco qué motivos te impulsaron a entrar a la mansión Hall, aunque tal vez ya no la llaméis así, o simplemente sea conocida como la casa junto al mar, pero estoy seguro que fueron más civilizados que los míos. No tenía necesidad de hacer lo que hice, no me faltaba el dinero, incluso podríamos decir que tenía futuro, pero eso nunca fue un impedimento para realizar ninguna de mis habituales incursiones. Encontraba el latrocinio de lo más emocionante, y siempre que me detenía frente a la desangelada casa la escrutaba con ojos analíticos, y lo que la gente confundía con una romántica fascinación por lo antiguo, escondía, en realidad, perversas intenciones. Muchos meses medité acerca del golpe, y fue una noche de noviembre cuando compartí mi plan con Will Downes. No elegí a Will “El Simple” por sus talentos, que no iban más lejos de procurarse unos litros de whisky de la licorería de su padre con los que se emborrachaba antes, durante y después del trabajo; su sobrenombre era lo que me resultaba atractivo: un joven manipulable, fácil de seducir y del que más fácilmente me podía deshacer si algo se torcía.

A la semana siguiente nos dirigimos al acantilado aprovechando la luna llena y la fiesta del pueblo, que mantendría a todos ocupados hasta bien entrada la madrugada. Yo iba ligeramente adelantado a Will, tembloroso junto a su farol. Para evitar el encuentro con algún rezagado optamos por el sinuoso camino del bosque que daba al jardín trasero de la mansión en lugar de la carretera principal -ya te dije que lo preparé todo minuciosamente-. Tardamos un buen rato en alcanzar la valla de hierro forjado que marcaba el límite de la propiedad, y con un salto conseguimos llegar al otro lado sin incidentes más desagradables que la casi pérdida de nuestra luz por la torpeza de Will. La parte trasera de la casa ofrecía el mismo aspecto imponente que la fachada, reforzado aún más por la austeridad de sus paredes, cuyos tablones ya comenzaban a sufrir los achaques típicos del abandono. Me sorprendió observar que la naturaleza no reclamaba su legítimo dominio, pues apenas había hojas en los escuálidos arboles ni en las hiedras que recubrían la verja; a cada paso sentíamos el crujir de las matas, como si estuviéramos caminando por un erial carbonizado y estéril. Pero esto ya lo sabrás si no usaste la puerta principal.

Rompí con el codo el cristal de una de las ventanas inferiores y tantee hasta encontrar el polvoriento pestillo. Una vez abierta, cedí el paso a mi compañero, que saltó al interior con tan mala fortuna que uno de sus pies quedó atrapado, haciéndole caer cuan largo era junto al farol, que estalló en mil pedazos contra el suelo. El destello de la llamarada me sobresaltó a la misma velocidad que iban agolpándose en mi mente maldiciones hacia mi compañero; pero toda esta cadena de razonamientos se detuvo en el acto por el grito inhumano que brotó de los labios de Will, al que, aun recobrándome del sobresalto, vi cómo se adentraba precipitadamente hacia las oscuras profundidades del corredor sin cesar sus gritos. Atravesé ágilmente el marco y apagué las pocas llamas que aun ardían en la moqueta: me encontraba solo rodeado por la más impenetrable negrura.

El paradero de aquel cobarde no me importaba en absoluto entonces, si desaparecía sería problema suyo; de poco le valdría su palabra contra la mía en el pueblo. Ayudándome de la tenue luz de mi mechero, que poco consuelo podía ofrecerme, proseguí con el plan inicial dirigiéndome a las habitaciones, siempre con la mano apoyada en la pared a modo de guía. Fue tras unos cuantos pasos que reparé en la extraña textura de la madera, tan abombada e irregular, como si toda la casa hubiera sido atacada por la humedad. Mi mano se deslizaba poco a poco siguiendo la veta arrugada de la pared, en la que empezaba a encontrar indicios de un patrón. A los pocos segundos de caminar llegué hasta una puerta abierta, y por el susurro vaporoso de las cortinas, insinuadas por la cenicienta luz de la luna, creí encontrarme en lo que debía ser el recibidor.

Un escalofrió me hizo apartar rápidamente la mano de la pared y acercarme poco a poco al centro de la sala; el débil rumor de las telas polvorientas, como una respiración perezosa, sugería el despertar de la casa tras años de olvido. Aquel suspiro, potenciado por el aislamiento en que me encontraba, empezaba a turbarme con siniestros pensamientos, como si la idea de que un enorme pulmón se escondiese tras las paredes fuera algo propio de la fisionomía de los hogares. Sin embargo, un pensamiento aún más inquietante comenzaba a perfilarse en mi ya sugestionada imaginación: no escuchaba a mi compañero. Ni un paso amortiguado, ni un jadeo, nada, solo aquel lánguido roce de telas. Debía haberse refugiado en los pisos superiores, y con este pensamiento retomé mi camino, con el mechero en alto, hasta tropezar con un escalón. “En los pisos superiores” – me repetía -, mientras cuidadosamente subía los escalones guiándome por el trazado de la balaustrada, y mis elucubraciones tuvieron respuesta, una respuesta que me hizo arrojar el mechero, dejándome solo, aferrado a la barandilla, flotando en un mar de brea. Un estruendoso sonido de piano inundó la casa, una cacofonía histérica, como si cien manos estuvieran golpeando las teclas, que reverberaba en todos los lugares y en ninguno a la vez. Pero no era la melodía, si es que existía, lo que me estremeció, era el sonido, aquel sonido abotargado, orgánico, como si las cuerdas hubieran sido fabricadas de tripa animal y las teclas talladas en hueso, aquel sonido que más se asemejaba al chillido del cerdo fue el que me decidió a bajar los escalones y huir sin importarme la identidad del intérprete.

Intentando tranquilizar mis temblorosos pies y sin dejar de asir la barandilla, fui descendiendo con cuidado los escalones. En plena oscuridad sólo podía guiarme por el incómodo tacto irregular y retorcido de la madera, que se torneaba bajo mis dedos sugiriendo curvas y ángulos enfermizos; algunas partes se encontraban astilladas, no por el paso del tiempo, sino siguiendo un diseño premeditado; otras, en cambio, eran lisas, con depresiones en algunos puntos y aristas en otros. Me sentía como si acariciara la retorcida espalda de un animal agazapado; y aun repugnándome, no quería aventurarme solo por miedo a desnucarme en un mal paso. Pero al llegar al final de la escalera volví a detenerme presa de un miedo cerval que congeló mis huesos: acababa de distinguir una figura familiar. El tacto de una mano humana, fría y lisa como una lápida, firmemente sujeta al antepecho, me arrojó al suelo, recorriendo los pocos escalones que me faltaban, golpeándome la cabeza cerca de la columna, en la que creí distinguir, al lado, la silueta de un pie de naturaleza igual de humana e inerte.

Recobré mis fuerzas instantáneamente, abandonando el recibidor, medio a gatas, medio corriendo, ayudándome nuevamente de mis manos, hacia la primera habitación que vi reflejada junto a la ventana. Tras destrozar la puerta de un empellón y entrar en la habitación comprendí el error que estaba cometiendo. Aquel no era el camino correcto, pero no sabía qué dirección tomar, entonces ni siquiera concebí utilizar la puerta principal para huir; ahora sé que hubiera sido inútil.

Mi carrera terminó con la misma rapidez y brusquedad conque comenzó, pues un mueble, creo que un diván, me detuvo en seco y volvió a arrojarme al suelo. De pronto, una luz empezó a titilar tenuemente encima de mí, y al zumbido de mis aturdidos oídos, volvió a unirse el coro de suspiros, gemidos y murmullos, ahora tan intensos que no podía considerarlos alucinación o delirio. Miré a mi alrededor, y sentí el fulgor de múltiples pares de orbes rojos contemplándome perezosamente a través de la cada vez menos nebulosa tiniebla, revelando la familiar figura de los muebles, retorcidos, deformados y grotescamente… humanos. Grité, y en ese grito vi reflejado a Will, que huyó despavorido igual que yo al entrever con las ascuas del farol a los que, tras un nuevo destello de la resucitada lámpara, reconocí como los habitantes de la casa.

No sé cuánto tiempo permanecí desvanecido, solo sé que cuando desperté seguía en el mismo lugar, y desde entonces no he vuelto a moverme de aquí. Will debe estar también en alguna de estas habitaciones, aunque ahora nunca lo sabremos; tampoco sé si sabría reconocerlo si lo encontrara de nuevo. Los años pasan de largo sobre la casa, y ya he perdido la noción del tiempo aun siendo de los inquilinos más recientes. Ahora, siéntate, siéntate y cuéntame tu historia igual que te he contado la mía. Ponte cómodo, pues vas a pasar aquí el resto de tus días y hace mucho que no escuchamos nuevas historias.

Murnau (Julio Bernad Cobo)

 

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