Cine/Música

La La Land

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Año 2014. En Kiev la revolución inflama las calles y el conflicto de Crimea estalla. El Rey Juan Carlos I abdica en su hijo Felipe VI. Robin Williams se quita la vida y Gabo rompe su pluma para siempre. Whiplash se estrena en cines y todo el mundo la ama, incluido el puto Murnau.

Año 2016. La Guerra continua en Siria y un éxodo masivo se dirige hacia Europa. Trump se alza con la presidencia y las sombras se extienden desde la Casa Blanca ahora que el Anillo Único ha vuelto a su legitimo dueño. El cielo es ahora un poco más oscuro tras apagarse la luz de innumerables estrellas. La La Land se estrena en cines y todo el mundo pierde la cabeza…

Sobre todo el puto Murnau.

Desde su estreno he visto Whiplash tres veces y la he reseñado una vez en mi antiguo blog. A nadie paso desapercibida la profunda admiración que procesaba hacia aquella truculentísima historia con la que Demian Chazelle destrozo los sueños de innumerables estudiantes de conservatorio en todo el mundo; es de esas películas que, si alguna vez hago un top 10 de películas favoritas, estaría probablemente ocupando uno de los 5 primeros puestos. Y es que Whiplash tiene todos los elementos para encandilar mi corazón latino: una historia angustiosa, una figura autoritaria tan carismática como despreciable, un montaje contundente como un puñetazo, pero sobre todo, sobre todo, una música frenética y salvaje, por ese jazz desaforado, histérico, beligerante. Aunque no se me note, viendo los álbumes que suelo reseñar aquí, el jazz es un género que siempre me ha resultado atractivo, pero no fue hasta que vi Whiplash que no fui testigo de su lado más oscuro, su lado indómito y agresivo. Estamos acostumbrados a ver el jazz moderno como un saxofón meloso o un piano melancólico, como esa música escuchada por aquellos que presumen de su profundo mundo interior porque se tatuaron “cerdo agridulce” en sánscrito en la clavícula derecha y hacen yoga, y tienen un libro de Coelho en su mesita, al lado de ese té chai que dicen beber todas las noches para abrir sus chakras. O yo que se. La cuestión es que durante la primera mitad del siglo XX, y con pequeños estertores durante los 60-70, este fue de los géneros musicales más importantes de la cultura popular, trascendiendo a la música, convirtiéndose en un icono de todo lo que era esa América oscura, de luces de neón y segregación -la Trumptopia, vamos-, influyendo en todo, en las músicas venideras, en la radio; pero, sobre todo, en el cine. Y Demian Chazelle, el director, aparte de ser un gran amante del jazz, no ya como música, sino como filosofía, como forma de vida, también parece ser un nostálgico de ese cine de antaño, de Gene Kelly, del cine de coreografías alucinantes y de las grandes big bands. Así como Whiplash mostraba el reverso tenebroso de esta música, La La Land es, a mi parecer, la otra cara de la moneda, la parte colorida, la alegría de la danza, la que evoca el romanticismo del pasado idílico que nunca fue.

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Esta escena es tan bonita como imbécil

¿Cómo un musical tan animado y divertido como La La Land puede parecerse a Whiplash? ¿Has vuelto a fumarte el Betadine, Murnau? Puede, pero yo a vosotros no os juzgo. Cabrones. Si comparo ambas películas es porque, aun distanciándose tanto en tono como en argumento, ambas comparten una cierta cohesión temática. Tanto Whiplash como La La Land tratan el tema de la ambición, de perseguir los sueños; y mientras que Whiplash lo trata de la forma más visceral posible, mostrando como el individuo puede llegar a ser consumido por sus ambiciones hasta romperlo, el trabajo y la perseverancia casi autodestructiva que hay que tener para poder lograr ser el mejor, esta segunda cinta es mucho más amable en sus planteamientos, los personajes también luchan incansablemente, esforzándose y trabajando sin descanso, sacrificando y dejando atrás parte de sus vidas. Aunque La La Land sea un musical colorido, animado y alegre no esta exenta de ese dramatismo del que tanto gusta Chazelle; pero el sabe como dosificarlo para que la cinta ni sea Cantando bajo la lluvia ni sea un espectáculo miserable. Si tuviera que realizar una comparativa sería, salvando las distancias, con la obra de Inio Asano, también de tintes musicales, Solanin.

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Si no habéis leído Solanin, no se a que estáis esperando

Casi estamos a la mitad de la reseña y alguno seguro que se esta preguntando porque a estas alturas no os he contado de que va esta película y lo único que he mencionado ha sido su temática, y encima de una forma tan críptica. Bueno, eso es porque no pienso hacerlo. No pienso contar en absoluto de que va La La Land, lo dicho anteriormente es la única sinopsis que pienso compartir;  solo añadiré que es un musical y una historia de amor ¿Por que no contaros de que va? Porque da igual. Esto es un musical que rinde tributo al cine de Gene Kelly y Ginger Rogers y Fred Astaire, ¿en serio pensáis que el argumento es importante? Para nada, en un musical no es tan importante la historia, porque seguramente ya la hayamos oído mil veces: lo importante es cómo se cuenta, cómo la música se enlaza con la trama, cómo los personajes se relacionan y se comunican gracias a ella, cómo, en resumen, se combinan ambas para formar una sinergia muy diferente a la suma de sus partes. Y en este aspecto La La Land es un verdadero prodigio por su sincero amor al cine al que rinde tributo, por su pasión por la música; por sus trepidantes coreografías, bailes y números musicales, actualizaciones magistrales de los grandes clásicos; por esa química maravillosa que tienen en pantalla la pareja protagónica; por ser capaz a estas alturas de hacer algo fresco que sabe a donde quiere llegar pese a tener la vista siempre puesta en el pasado, en ese pasado idílico del que os he hablado antes, en ese pasado que amó Owen Wilson en Medianoche en Paris o que se negó a despedir Jean Dujardin en The Artist, ese pasado personal que solo ha existido en la imaginación de cada autor y al que siempre es un placer volver. Y más viendo el mundo en que vivimos y el futuro que se nos presenta…

La La Land no es una obra maestra, sobre todo en su ritmo un tanto irregular, y no tardaran en alzarse las voces disonantes incapaces de aceptar que algo con éxito masivo pueda ser tan bueno como lo venden. Lo entiendo, yo también suelo pertenecer a ese grupo de cantamañanas y soplapo- pero la cuestión es que es cierto, a la gente que no le gusten los musicales probablemente este no sea El Musical que les abra los ojos, ni de lejos; ni tampoco es una obra como Whiplash, con una profundidad mucho mayor en casi todos los aspectos que comparten. La La Land juega a un nivel diferente, y tienes que aceptar las reglas con las que juega. Pero lo que es innegable pese a todo lo anterior dicho es que, a veces, cuando mucha gente dice que algo es bueno… es porque realmente tiene algo para emocionar y conmover. Y siento confesar para aquellos que esperasen de este blog críticas biliosas hacia cualquier gran éxito que yo soy humano, y que mi criterio es el único que sigo, y este es mi criterio, así que si confiáis en él debéis de creerme cuando os digo que La La Land es una gran película. Puede que los 14 Oscars hayan sido excesivos, no lo niego, pero que muchos de ellos son merecidos es incuestionable. Así que si, es buena, de mis favoritas de este año junto con La Llegada, podéis ir a verla sin recelos, vosotros debéis de ser los jueces en último termino de la calidad de la cinta.

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Esto opino yo de vuestros sobrevalorados…

 

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