Cine

Ghost in the Shell (Parte ¿1?)

  1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe hacer realizar las ordenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

Isaac Asimov


Desde que se estrenara en 1920 en los teatros checoslovacos la opera prima del escritor Karel Capek, R.U.R, famosa más por su inventiva que por su trama o temas, la palabra, o mejor dicho, el concepto Robot no ha permanecido inmutable al paso del tiempo. Junto con el espacio profundo, la vida extraterrestre, el robot, la robótica, la cibernética, se han convertido en otro pilar que sostiene un género tan vasto como es la ciencia ficción. En su génesis, el Robot de Capek no era más que una herramienta, un golem de hojalata que servia a los humanos como un eslabón más en una cadena de montaje, carente de sentimientos, emociones y consciencia; eso, por supuesto, al principio. Pues, en efecto, cuando a estos seres artificiales se les dota de una psique comienzan los problemas, la violencia y, en ultimo termino, la revolución. Este marxismo cibernético se vería reforzado pocos años después en la obra de Fritz Lang y Thea Von Harbou -autora de la novela y el guión, y a la que se debe en mayor medida la enorme carga política de la cinta-, aunque con un mensaje diametralmente diferente.

En esta época el robot no era más que una obvia metáfora de la lucha de clases, en el caso de los mas atrevidos, como Stanislaw Lem o Isaac Asimov, un juguete con el que probar ingeniosos ejercicios intelectuales. No fue hasta muchos años después que las posibilidades que ofrecía el concepto se ampliaron, y lo que en un principio fue una herramienta y una representación del ingenio humano, al tomar nuestro rostro, terminó por hablarnos de nosotros mismos ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Cómo somos conscientes de nuestra existencia? Estas preguntas y muchas otras más aparecen en obras como Blade Runner -la vieja confiable-, Matrix y, por supuesto, Ghost in the Shell. Pero al Robot con crisis existencial se añadirá, gracias a la aparición de los ordenadores, la cibernética, dando lugar a un sub-género nuevo: el cyberpunk.

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Uno de los punks que, bajo mi humilde opinión, cuenta con una de las estéticas más interesantes

El cyberpunk no es un sub-género centrado exclusivamente en la robotica, ni mucho menos; el cyberpunk nos habla de un universo en que tecnología y hombre se han fagocitado mutuamente, provocando que los limites que separan al chip de la carne sean quebradizos. Suele tener un regusto distópico, una visión pesimista de un futuro en el que la humanidad vive subyugada por grandes corporaciones, inteligencias artificiales, las redes informáticas… en definitiva: a la tecnología. Los protagonistas suelen ser renegados, personajes al margen de la ley que utilizan el sistema para luchar contra el sistema: aparecen los hackers. La obra de Gibson, Neuromante, es un manifiesto perfecto de este recién nacido cyberpunk, en la que se pueden ver perfectamente las inquietudes, los personajes y los arquetipos del sub-género. Si aplicamos estas concepciones a la robótica, tenemos un individuo totalmente nuevo: el cyborg, maquina y humano. El cyborg puede concebirse desde múltiples perspectivas. Tenemos al humano mejorado gracias a implantes mecánicos que aumentan sus habilidades innatas -más velocidad, más fuerza, mejor visión…- hasta el punto en que el termino Homo sapiens queda obsoleto; en este caso hablamos de transhumanismo, del nacimiento del Homo sapiens machina, u Homo machina. La otra clase de cyborg seria la del androide -entendiéndolo en este contexto de humano-maquina-, en la que la unión entre humanidad y tecnología es total, pues el individuo, la conciencia humana, que habita aun en nuestros cerebros orgánicos y palpitantes -o no, aun no se sabe-, esta recluida en un envoltorio bio-mecanico perfecto, más fuerte, más resistente, más diestro, más hermoso. Es decir, el Yo, el alma, la existencia mental, el fantasma de la conciencia, el Ghost, reside en una carcasa física metálica perfecta, el Shell. Ahora ya entendéis por donde voy, ¿verdad?

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Pero que bien llevado todo, joder

 


Ghost in the Shell: Las películas

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No he leído el manga original en que se inspira -que no adapta- la obra de Mamoru Oshii, pero según tengo entendido existen más diferencias que similitudes entre ambas historias; ni siquiera las siguientes series, ovas, y películas guardan relación exacta unas con otras y/o actúan a modo de secuela, y mucho menos con el concepto original del manga. Podríamos decir que Ghost in the Shell es una reinterpretación, algo así como lo que hiciera Ridley Scott al “adaptar” Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas: aunque las tramas sean similares y compartan lugares comunes sus mensajes son algo diferentes o, directamente, no hablan de lo mismo. Mamoru Oshii toma de Ghost in the Shell su punto de partida y desde ahí, usando esos personajes y ese mundo, adapta la historia al mensaje que quería contar, y lo hace utilizando un lenguaje muy diferente al del manga.

Ya sabéis que mi política es la de no hacer spoilers, pero creo que este comentario requiere de un conocimiento previo de escenas concretas de la película; con esto quiero decir que no voy a destripar ningún momento clave de la misma, pero que si queréis llegar totalmente vírgenes e inmaculados a esta cinta deberíais de saltaros todo este apartado.

La película de Oshii esta cargada de simbología y misticismo, y eso se ve nada más terminado el primer tiroteo. Porque si, en esta película también hay redadas y acción exquisitamente animada, las cintas de acción también pueden mostrar ciertas inquietudes filosóficas, aunque la adaptación live-action se esfuerce encarecidamente por demostrar lo contrario. Como decía, los detalles en segundo plano, el escenario y los diálogos son los que trasmiten el mensaje completo de la pregunta, aunque en realidad mejor sería decir que formulan las preguntas que dominan este universo cyberpunk, y estas preguntas empiezan a entreverse -aunque no se muestran explicitamente hasta el climax- desde el nacimiento, o mejor dicho, desde la creación, de la mayor Motoko Kusanagui.

Para empezar, vemos la carcasa en la que residirá el cerebro de la mayor, previamente escaneado por un TAC. No se trata de un cuerpo robótico rígido, macizo, sino de una carcasa humanoide que combina metal y musculatura humana con cierta gracia orgánica. No es como los androides de Yo, Robot –la película de 2004-, que caminaban por el valle inquietante, y aunque tuvieran apariencia y rostro superficialmente humano no dejaban de presentar un aspecto puramente mecánico. El cuerpo de la mayor es humano en todo menos en su concepción, y lo demuestra desde el primer fotograma con esta comunión entre carne y metal. Luego este cuerpo incompleto, metálico aun en apariencia, pasa a través de un fluido blanco y lechoso, que recubre al cuerpo con una pátina de apariencia muy similar a la de las atracciones de Westworld, para posteriormente volver a ser escaneado al completo. Una vez acabado este nuevo escaneado, como podéis apreciar, de un muy familiar color verde oscuro, el cuerpo asciende y comienza a liberarse de esa crisálida blanquecina, revelando un tono de piel totalmente humano. Finalmente, la mayor Motoko se nos muestra con su apariencia definitiva, en una posición fetal en un líquido muy similar al amniótico, y flota perezosamente, mientras es nuevamente escaneada, hasta que esta matriz uterina artificial se rompe y la mayor asciende. Toda esta secuencia es, ademas, aderezada por esos ominosos e icónicos cánticos en japones, que aportan a todo este nacimiento una nueva capa de misticismo, reforzando la carga simbólica. Algunos ven en esta secuencia reminiscencias al cuadro de Boticelli, El nacimiento de Venus. Yo confieso que no soy tan intenso -aunque cueste creerlo leído este párrafo-, yo lo único que soy capaz de ver aquí es el nacimiento de un ser que no es humano, ni es una maquina, es un híbrido, y que por cada escena que me recuerda al embarazo humano hay otra que rapidamente me devuelve a una sala de montaje: es evidente tanto que estamos viendo la invención de una herramienta en una cadena de montaje, el mayor representante del sistema industrial y tecnológico en que vivimos, como que estamos asistiendo a un parto; y en este limbo metafísico de ser/no-ser ya podemos intuir qué camino quiere seguir la película ¿Qué nos hace humanos? ¿Qué nos hace existir? Todo muy cartesiano.

Escenas que resaltan este conflicto hay muchísimas a lo largo del metraje, y todas ellas tienen como centro a la mayor Kusanagi, que nunca es consciente de su verdadera identidad y deambula entre dos mundos sin sentirse parte de ninguno de ellos. Sin embargo, la trama de la película no es la búsqueda de la identidad, al menos no de forma intencionada. Ghost in the Shell, como he dicho al principio, abre con una redada policial, porque nuestra protagonista trabaja como una fuerza de choque, junto a sus compañeros de la Seccion 9, contra ciberterroristas que utilizan la red para intentar acabar con la paz forzada en que se ambienta el universo de la película. Siguiendo con la odiosa comparación de siempre, Blade Runner, ambas cintas guardan muchos paralelismos en cuanto a su trama: ambos personajes tienen un conflicto, ambos tienen que buscar a un criminal y acabar con el, -en Blade Runner es Roy Batty, en Ghost in the Shell, el Titiritero- y este mismo criminal, una vez cara a cara con el, cambia por completo a nuestra protagonista. En su búsqueda de la némesis, el personaje comienza a comprender casi por completo su condición; sin embargo, como espectadores, nosotros solo podemos contentarnos con las preguntas que se nos lanza. No obstante, si es verdad que en el clímax, luego de una ardua confrontación, se entreven ciertas respuestas a algunas de esas preguntas y… como decirlo.

Son respuestas demoledoras.

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¡CUIDADOR!

 

Cuando el titiritero se nos revela finalmente como una inteligencia artificial consciente de su propia existencia la cinta saca la artillería pesada. Al igual que el replicante, el titiritero no habla, sentencia. De su frialdad mecánica y su voz mesurada brotan palabras que hablan de la vida, pero es una interpretación tan pragmática y atea que causa vértigo. Para explicarlo de alguna forma podemos retrotraernos a cómo los creadores de este nuevo ser se refieren a su nacimiento: un fallo. En el vastísima red de la información, unos datos comenzaron a ordenarse de forma diferente, y este nueva ordenación arrastró a nuevos datos hasta su centro, y de ahí nació un ser único: vida. Al igual que con la creación de Motoko, es fácil ver aquí paralelismos, ¿verdad? La vida en la tierra surgió de una forma inquietantemente similar; del mar primigenio, inerte pero rico en materia orgánicos, algo provocó que estas sustancias se ordenaran y formaran, primero los aminoácidos, y luego los ácidos nucleicos, el armazón que sustenta la vida. Y desde ese momento, en el lejanísimo precámbrico, el ARN, y luego el ADN, no ha hecho más que refinarse y perfeccionar el diseño de sus continentes, es decir, los seres vivos, para que puedan mediante la reproducción legar a su descendencia este material genetico y así sobrevivir. La herramienta que los seres vivos han utilizado para poder transmitir el testigo de la vida a su descendencia ha sido la evolución. Pero la evolución no es conservacionista, la evolución no permite la supervivencia de la especie… pero si la creación de otras mejor preparadas. Y esa es la oferta que el titiritero extiende a Motoko, y una de las reflexiones más inquietantes de este ser.

Tras hora y media de película, ¿qué hemos sacado en claro? Nada en absoluto. Solo vértigo. Las preguntas de Ghost in the Shell provocan inquietud, pero es que lo que insinúa causa pavor. Como poder diferenciar que es estar vivo si una inteligencia artificial ha nacido al igual que nosotros producto del azar, si el afán de supervivencia de una maquina es similar a las herramientas que nuestro ADN utiliza para sobrevivir y perpetuarse; como saber si la conciencia tiene valor cuando un computo de datos ordenados es capaz de emularla a la perfección, mostrando temores humanos como el miedo a desaparecer, temores casi religiosos; como no llamar vida a un ser capaz de reprogramar algo tan intimo como es nuestros recuerdos y nuestra existencia, como si fuéramos maquinas infectadas por un virus… y como llamar a eso vida, si ni los virus merecen tal distinción. Todas estas preguntas, como juego filosófico, son maravillosas… ¿Pero, de verdad queremos conocer las respuestas? Yo, sinceramente, no quiero.

Me he dejado muchas cosas en el tintero. Me hubiera gustado hablar más  de ese universo cyberpunk, de los múltiples símbolos que salpimientan la cinta, del transhumanismo, que es un tema que me apasiona y, como los sajones dicen, el elefante en la habitación: el reciente remake. Sin embargo, prefiero dejar todo esto para una hipotética segunda parte en caso de que esta entrada haya gustado y os apetezca saber más de esta maravillosa saga. Porque si algo puedo añadir como remate es que Ghost in the Shell es una de las películas más redondas e interesantes que he visto en mucho tiempo: su estética es creativa y esta animada con un gusto y una habilidad impresionantes, sobre todo en las escenas de acción, como comente; tiene un ritmo perfecto, su complejidad temática no te apabulla en ningún momento, ni te restriega nada, está abordada con una concisión sorprendente dada su escasa duración; y la simbología que utiliza no es ni tan abstracta ni tan complicada como suele ser habitual en este tipo de obras, y eso se agradece muchísimo…

Ya podéis haceros una idea de porque la adaptación es UNA PUTA PILA GIGANTESCA DE

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MIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEEEEEEEERDAAAAAAAAAAAAA

 

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