Libros

Frank Herbert – Dune

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Hace relativamente poco -si es que logro subir esta entrada cuando pretendo- nuestro sociopata megalómano favorito volvió a hacer de las suyas; no, no hablamos del muro que pretende construir para evitar que esos zarrapastrosos americanos asalten a las civilizadas gentes mexicas, hablamos de algo que nos afecta a todos los habitantes de este planeta a un nivel mucho más profundo del que estamos dispuestos a creer. Trump ha dicho que la cumbre de París no va con el, que eso de contaminar menos es un invento de los rojos como las vacunas son buenas o que la tierra es esférica y gira alrededor del Sol -en vez de alrededor del despampanante badajo del Tio Sam-, por lo que, ni piensa firmarla, ni piensa cumplirla. Voy a repetir despacito por si alguien se ha perdido: el segundo país mas contaminante del mundo, representado por un macaco paleto maquillado con cheetos y grasa de ballena bebe, acaba de decir a casi 200 naciones que ratificaron en 2015 un acuerdo en el que se comprometían a aportar soluciones para descender la cantidad de gases de efecto invernadero que les jodan, que ahí se quedan, que no existe el cambio climático, que es un “reajuste”.

Cuando de medio ambiente se trata yo me vengo muy arriba, es mi profesión: gajes del oficio; pero también me muestro muy escéptico; soy consciente de que estos acuerdos suelen ser mas declaraciones de buenas intenciones que realidades, pero, aun así, son pequeños gestos que ayudan a perfilar el sendero que debemos seguir para que nuestro hogar siga siendo acogedor y no el decorado de Mad Max. Así que cuando viene alguien que ni le importa la buena imagen ni el cambio climático, cuando alguien decide salirse de la cumbre, ¿que clase de mensaje creéis que esta intentando mandar? y lo más importante: ¿Por qué coño he empezado así la entrada? Porque Dune es una obra maravillosa para hablar del daño que hace la inconsciencia y la codicia a un planeta, pero mientras que en el libro, pese a su importancia capital, Arrakis no deja de ser uno de tantos planetas habitables, nosotros no podemos escapar de este.

Dune no es un panfleto, Dune no es La Chica Mecánica, Dune no es propaganda. Hablamos de una de las sagas que encumbro la Ciencia-Ficción -así, con mayúsculas-, ayudando, junto a muchas otras obras, a que el género saliera del nicho pulp al que el siglo XX lo había relegado. Hablar de Dune no es solo hablar de ecología, es hablar de religión, de humanidad, de genética, de misticismo, de filosofía, de psicología, de una época vibrante como eran los 60; hablar de Dune es ponerse a rellenar folios hasta realizar un comentario a lo Beato de Liebana, que termina siendo más largo el análisis que la propia obra: y hablamos de una novela de 750 paginas, no de la Cuore. Sin embargo, ni tengo los conocimientos, ni el tiempo, ni los medios para realizar un sesudo análisis de cada uno de los elementos que hacen de la novela en que Frank Herbert plasmo todas sus inquietudes existenciales, así que intentare hacer de esta entrada una aproximación a Dune, señalando las claves que convierten a esta saga en lo que es. Y que mejor forma de empezar que con una sinopsis.

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En un futuro lejano, el imperio estelar humano se ha extendido por toda la galaxia, y a la cabeza de éste se encuentra el emperador Padishah Shadam IV, de la casa Corrino, y bajo su figura, las Grandes Casas que se encargan de administrar sus dominios. A una de estas casas, la casa Atreides, compuesta por el duque regente Leto, su concubina, Jessica, de la orden religiosa Bene Gesserit, y su hijo Paul, un joven con un potencial y unos talentos impresionantes gracias a su genética y su educación, se le ha encargado la regencia de Arrakis, Dune, un planeta desértico e inhóspito del que brota la especia melange, una sustancia química que permite expandir la conciencia de quien la toma y permite los viajes espaciales. El duque Leto y su familia viajan al planeta para poner orden tras el gobierno despótico de los Harkonnen, otra casa caracterizada por su crueldad y malicia, que ahora buscan satisfacción amparándose en el emperador para destruir a sus rivales Atreides y acabar así con toda la dinastía. El duque, para luchar contra esta conspiración, pretende aliarse con los aborígenes de Arrakis, los Fremen, unas tribus beligerantes adaptadas perfectamente al riguroso desierto.

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Colegas, Dune no tiene 750 paginas por nada

La narrativa de Dune

Dune es denso y complejo. El párrafo anterior no sirve como sinopsis, mas bien es un contexto, y ni siquiera es un buen contexto. Frank Herbert nos presenta un universo único y original, con un lenguaje propio, y para ello tiene que garabatear muchas, pero muchas paginas de exposición para ubicarnos correctamente dentro del mismo. Sin embargo, no es nada difícil de leer, de hecho es sencillamente, el lenguaje es fácil y accesible, quizás a veces demasiado. Herbert es uno de esos autores que quiere llegar a todo el mundo pese a tratar temas tan peliagudos y abstractos como la psicología humana o los estados alterados de conciencia, y para ello utiliza recursos algo tramposos, como hacer que sus personajes digan en todo momento que están pensando a modo de dialogo convencional; esto es, que hayan lineas de texto bien delimitadas por sendos guiones, salvo que en estos en vez de un “dijo” hay un “pensó”. Parece una trivialidad, si, pero esto quita una capa de dificultad a la lectura; no tienes que estar separando de cada párrafo lo que es pensamiento de descripción o disgresión, y esto se agradece en los pasajes más psicotrópicos y esotéricos. Ésta es una estrategia que, aunque me resulte un tanto simplista, entiendo y apruebo, porque haber optado por una narrativa más experimental hubiera dado lugar a una obra mucho más abstracta, y Dune se habría convertido más en una obra iniciática, de culto, que en la epopeya épica que es. Más o menos lo que pretendía Jodorowski cuando quiso “adaptarla” al cine.

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Hay una película, hecha por David Lynch en 1984, de la que tenéis que alejaros como de la peor venérea

Otro recurso que utiliza Herbert para darnos información sin entorpecer el ritmo del capitulo es introducir al principio del mismo un extracto de las obras de la princesa Irulan, una cronista de su época que adelanta, de forma más o menos vedada, que vamos a encontrar en las siguientes paginas. De esta forma se nos brinda la oportunidad de aprehender la filosofía dominante en el imperio galáctico, conocer las distintas facciones, los subterfugios del comercio interplanetario, la cultura Fremen, los pensamientos y actos de nuestro protagonista, las labores de las Benne Gesserit sin por ello perder el enfoque de lo que se nos esta contando, no como hace, por ejemplo, Julio Verne, que disfrutaba metiendo cada dos por tres párrafos y párrafos de contexto histórico, geográfico y científico.

Siempre he pensado que en el género de ciencia-ficción se ha de ser muy claro y accesible, pues se trata de modelar un universo nuevo y único al que invitamos a los lectores. Si no sabes introducir bien al posible lector en tu universo, si no consigues enseñarle -sin ensañarte en densas descripciones u obvia exposición- vas a terminar perdiéndole, aburriéndole, y a la larga, frustrándole. El peor pecado que puede cometer un escritor.

La deconstrucción del mesías

Dune tiene dos columnas vertebrales que van entrelazándose a lo largo de la historia: la religión y el ecologismo. Hay puntos en la historia en que la unión entre ambas es tal que se convierten en un todo indivisible, como una famosa escena en el desierto -con su enorme carga simbólica cristiana- en la que a un personaje con un pie en la tumba se le aparece su difunto padre para hablarle de eso precisamente: ecologismo.

Pero luego volveremos a esto, centrémonos primero en nuestro protagonista, el duque Paul Atreides, Muad’ Dib.

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Paul pertenece a esa execrable raza de protagonistas que los cínicos llamamos elegidos, esos personajes que han sido tocados por todos los bienes posibles y están destinados a la mayor gloria porque… midiclorianos, o lo que sea. Neo en Matrix, Anakin Skywalker… el arquetipo del elegido es tan antiguo como la propia humanidad, por lo que, de primeras, es un recurso que ya consideramos aburrido y poco intrigante. Pero Paul no es un elegido al uso, es un mesías, y no uno cualquiera: es un mesías precogniscente consciente del papel y rol que ocupa. A lo largo de paginas y paginas vemos como Paul, duque Atreides, se transforma en Muad’ Dib, señor de la guerra Fremen, como un adolescente trasciende a ser superior, sin dejar de dudar nunca de su posición, en el destino que le ha llevado en ser lo que es, de cuestionar su propia misión e, incluso, de ser consciente de su infalibilidad hasta el punto de verla como un defecto. Así es como Herbert, partiendo del modelo más básico, añade capas y capas de profundidad al personaje, convirtiendo a lo que se supone es un ser trascendental, en el ser más humano de la obra. Para que me entendáis, es como si la escena bíblica en El Monte de los Olivos, en la que Jesús duda y teme como hombre, estuviera -en un segundo plano, eso si- presente durante toda la novela.

Paul Atreides es una de las grandes bazas con las que cuenta Herbert para hacer de Dune una maravillosa novela psicologica.

Ecologismo y Religión

Arrakis es un planeta desértico donde la vida es una constante lucha. Me habéis oído bien: la vida. Pese a su aridez, Arrakis es un sistema ecológico habitado por una flora y una fauna perfectamente adaptadas; al contrario que los humanos asentados para extraer la melange. Sin embargo, los Fremen, los habitantes del planeta, son muy conscientes del equilibrio que hace que Arrakis este poblado por seres vivos, y Herbert no deja pasar esta oportunidad para hablarnos de la importancia de la ecología, la ciencia que estudia las fluctuaciones de materia y energía que permiten la estabilidad en un sistema vivo, y que ocurre cuando estos equilibrios tan fragiles son puestos a prueba por agentes exógenos.

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Arrakis esta como para construir un chalet

Herbert dijo que la idea de escribir Dune le llego cuando le encargaron realizar un reportaje sobre un chaparral de su país: la visión de que un paisaje aparentemente desolado estuviera poblado por infinidad de seres le resultaba inconcebible, ¿cómo era posible? Y su respuesta fue Dune. Durante toda la novela nos encontramos con personajes que quieren hacer de Arrakis una tierra prometida, un edén en el que poder vivir y no sobrevivir y por el que corran ríos y mares; una misión romántica que choca frontalmente con los intereses de aquellos que necesitan obtener la melange. La simple idea de que una trama así -en una novela, ojo, no en un ensayo- haya surgido en los años sesentas me vuela la cabeza: Herbert era un convencido ecologista, y muy lejos de sermonearnos con un panfleto nos intenta educar, mediante el viaje del joven Paul Atreides, en la importancia de cuidar del equilibrio que hace que un planeta sea un paraíso y no un infierno.

Paraíso e infierno. Palabras tal vez demasiado rotundas y rimbombantes  si hablamos de algo tan terrenal como es la ciencia de los ecosistemas, ¿no? Como he dicho antes, hay dos temas: religión y ecologismo; y se cruzan. Dune posee un misticismo casi universal, su filosofía, cultura y creencias son una amalgama de multitud de corrientes de pensamiento, tanto occidentales como orientales, antiguas y modernas, que parten tanto de Cristo como de Ala. A lo largo de la lectura nos iremos encontrando con términos muy familiares -algunos con significados hoy en día más siniestros que entonces- como Biblia Católica Naranja, Jihad… De todas las facciones de la novela, los Fremen son los que muestran una mayor fe dada su situación, sobre todo, en la doctrina del ecologismo y en la llegada de un libertador, del mesías, el Lisan al-Gaib. Podéis apreciar por la nomenclatura utilizada que los Fremen vienen a ser como los beduinos de los desiertos africanos, y de hecho, así los planteo Herbert, que los baso en los guerreros árabes que se revelaron contra el imperio Otomano a principios de siglo XX.

En el universo de Dune religión y ciencia son una sola en muchos casos. Por ejemplo, la orden Bene Gesserit, ese remedo de vestales que controlan el flujo genetico de las casas nobles en busca del Kwisatz Haderach, el ser supremo, utilizan la religión para sacralizar su tarea y sembrar un temor reverencial en la mayor parte de la población. Controlar el flujo genético, en términos mas arios, viene a significar eugenesia. Y si, Herbert también nos habla de un tema tan espinoso como es ese.

Pero esta entrada, pese a lo mucho que lo he intentado, ya se torna en ensayo sobre Dune. Creo que es hora de ir cerrando este chiringuito para irnos todos a la piscina, los que la tengan, o a llorar frente al ventilador, los que no.


Mucho me he dejado en el tintero, muchas cosas de las que quería hablar, como los estados alterados de conciencia o expandir el tema de la ecología, están en la novela para quien quiera descubrirlos por si mismo. Hacer un análisis de Dune, como dije al principio, es una tarea casi inabarcable; y he hablado solo de Dune, el primer libro, no de la saga al completo. Temo haberme excedido en esta entrada y haberos vendido una novela excesivamente sesuda y difícil, pero nada mas alejado de la realidad.

Dune es una novela larga, si, densa, tal vez, pero sencilla de leer, muy divertida y disfruta ble, que invita a la reflexión constantemente. Quien termina Dune no es el mismo lector que al empezar. Y eso muy pocos libros pueden hacerlo. Si esta entrada ha logrado picaros la curiosidad y no amedrentaros pese a la cantidad de temas y nombrajos que hay en ella, no lo dudéis ni un instante, lanzaros de cabeza a las arenas de Arrakis; pero cuidado, hacedlo siempre con movimientos arrítmicos, uno no sabe que puede habitar bajo el desierto…

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MUUUUUUUUUUUEEEEEEEEERTEEEEEEEEEEEEEE

P.D: Como intuía, esta entrada ha salido bastante mas tarde de lo que pretendía… Peldón.

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