Relatos

En las aguas del Tuonela

flores de hielo

Hace mucho tiempo, un poeta dejó escrita su visión del infierno: a ese infierno lo llamó Tuonela.

El poeta contaba que fueron las lágrimas de los ángeles caídos condenados a errar por las grises tierras septentrionales las que dieron forma a su cauce. El color de sus aguas es negro como la pena que resquebrajo sus corazones, y aún es posible encontrar restos de esa mutilación navegando en forma de espinosas rosas de hielo sobre la lúgubre e inmóvil superficie.

Pero en una cosa se equivocó –o mintió- el célebre runoya: no hay tristeza fluyendo por las muertas aguas; rabia latente, un odio acechante, una furia asfixiada es lo que se oculta bajo la húmeda piel de la laguna. Si Tuonela fuera una mujer, su boca estaría astillada, ansiosa por devorar indiscriminadamente para apaciguar su ira y calmar su desesperación; pues a quien odia ya no puede ser alcanzado y solo a través de la creación de éste puede vengarse, como cárcel y tormento eterno de las almas mortales.

No hace mucho que mi remo hoya estas aguas inertes. Una niebla espesa como un sudario se extiende a mí alrededor, y solo me es permitida ver la quilla de mi barca. No hay viento, sin embargo, algo malicioso me hace llegar una fragancia a violetas recién cortadas.

Mi corazón teme, impulso con brío mi fiel embarcación sin encontrar obstáculos. Nadie sabe a qué profundidad se haya el lecho de la triste laguna: tal vez no lo tenga. Nadie sabe, tampoco, que ocultan sus tranquilas aguas, y nadie conoce más bestia surgida del légamo de la desesperanza que la que he venido a matar.

Oculto por los miasmas, cuenta el difunto rapsoda, hay un cisne de plumas de cristal que navega impasible por las aguas entonando un canto apagado, hermoso como si fuera su último suspiro. Sigo ese lamento desde que puse un pie en la orilla cenicienta, y su gemido cadencioso me conducirá hasta el, me indicará el lugar desde el que debo disparar la flecha que atraviese su corazón de lánguido fuego.

A través del velo oscuro creo ver un fulgor como de estrella cautiva, y su canto acaricia mis oídos, estremeciéndome; sus cuerdas metálicas se tensan en una muda sorpresa ahogada ahora que siente el débil zozobrar de mi barca.

Allí esta, allí se lo ve. Nada calmado, apocadamente frente a mí. Su cuerpo transparente se confunde con la niebla, y solo el rubor palpitante de su corazón y el recorrido que la sangre incandescente realiza por el cuerpo me indica que lo que ante mí se erige no es una gigantesca fantasmagoría, sino un cuerpo vítreo que encierra y protege un torrente de preciosa vida. Extiende sus alas con un suave resquebrajamiento,  y un viento glacial tapona mi nariz y me corta la respiración; sus plumas se agitan afiladas como carámbanos.

Tomo presto mi arco, me incorporo sobre mi fiel nave, mi valiente embarcación. Tenso el arma y lanzo al vacío una plegaria que es engullida por la oscuridad hambrienta y sorda. Pero no disparo.

Permanecemos en este estado unos instantes cuando, de pronto, la bestia me deleita con un último trino, el más hermoso que garganta de ave pudiera jamás producir. Su cuello se curva hacia mí, y su mirada se posa en mi figura amenazante: sus ojos son dos rubíes sanguinolentos, dos incandescencias mortecinas; los míos son dos bajíos de cristal translucido.

Mis dedos me abandonan, la flecha vuela llevándose toda voluntad y valor. Y  yerro el disparo.

El ave calla, su mirada se apaga como el resto de su cuerpo y, tal como apareció  ante mí en un principio, se desvanece por entre la niebla como un fuego fatuo, como un cortejo velado por  melancólicas luciérnagas. He fallado en mi empresa, como tantos otros desde que el tiempo es tiempo, y ahora estoy solo sobre mi barca, sobre mi ignominiosa tumba. Estos últimos pensamientos serán para ti, madre amada, perdona a tu hijo, perdónale por no haber sido suficientemente valiente, bendícele sin rencor, sin juzgarlo con dureza, y déjale partir ahora que su cuerpo y su alma ya siente el frío abrazo de las oscuras, yermas, lúgubres aguas del Tuonela.

 

Julio Bernad Cobo. Octubre de 2017

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